Carácter, verdor y excelencia.
Nuestra esencia.

Partiendo de la tradición oleicultora de la familia, con olivos monumentales que han pasado de generación en generación, elaboramos un aceite de oliva virgen extra extraordinario, de máxima calidad y que preserva las propiedades naturales de las aceitunas recién cosechadas.

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ELLAEstimà la terra. Llaurà l’horitzó. Llàgrimes d’or. Alegria que arrela.

Nidos de vida

En el terreno, su bancal favorito era el de los olivos más grandes, centenarios, milenarios o quién sabe cuantenarios.

Le gustaba aquel bancal porque los troncos eran gruesos y podía subir fácilmente para verlo todo desde otra perspectiva, tocando el cielo.
Y también porque al tratarse de una hondonada, estaba repleto de vida, y albergaba una gran variedad de aves, su debilidad.

Entre todos los pájaros, su preferido era el herrerillo común. Por sus colores de aceite y cielo, el canto encantador, vuelo ágil y el equilibrio imposible entre rama y rama.
Ella, cuando subía a los olivos, jugaba a ser herrerillo, haciendo acrobacias por las ramas y saltos agitando los brazos para levantar el vuelo.
Le gustaba observarlas y aprender de ellas; los herrerillos conocían bien el terreno: riachuelos, balsas y charcos, los troncos más viejos para hacer nido, los huertos, los campos con grano y frutos... Y también el cobertizo donde la familia almorzaba: el rincón de las migas. Ella, la pequeña de casa, tenía la costumbre de esparcir más migas de las necesarias y así, de lejos y escondida detrás de un margen, podía contemplar el magnífico baile de los herrerillos.

También le fascinaban los nidos de los troncos de olivo, acolchado con musgo. Siempre que encontraba un manto de musgo, se estiraba boca arriba y dejaba volar la mente. Después, acurrucada, imitaba el canto del herrerillo y lo hacía tan bien, que los polluelos le respondían desde el nido, famélicos.
Acechaba, también, sus primeros vuelos erráticos. Y siempre sufría por el caganido, el último de la nidada, el menos avispado, y le llevaba gusanos y orugas. A uno de ellos le costó especialmente y se dedicó a cuidarlo en cuerpo y alma.
Lo observaba, lo alimentaba, e incluso le construyó una caja nido con una cama de musgo de alto confort.
Y le puso nombre: Blaveta.

Tenían tanta complicidad que Blaveta se acercaba a ella sin miedo y se le sentaba al regazo. Todo eran piulidos de complicidad y alegría, carantoñas y dulzura. Eran nido. Eran amor.

El tiempo pasó volando. El diminuto herrerillo creció, y levantó el vuelo.
Y ella también. Su espíritu inquieto y curioso la empujó a ver mundo, lejos de su tierra estimada. En su maleta siempre llevaba una botella de aceite y una caja nido que ella misma construía. De hecho, cuando elegía un lugar para vivir siempre miraba donde situaría la caja nido para poder verla desde su ventana.
Y dónde haría caer las migas. Y así, iba llenando el mundo de cajas nido, de migas, de aves y de alegría.

El viaje continúa. Y todo vuelve. En casa, en la plaza, en la fuente, en el terreno, en las cajas nido, en los muelles, en la rebanada de pan, en cada gota de aceite.

Un aceite que es aroma, almuerzo en el campo, horizonte, las migas de un instante, el vuelo del herrerillo, alegría, amor.

Es nido. Es ella.

Autor — Joan Bonmatí